«¿Qué me importa?»: Sara Teasdale; poema y análisis


«¿Qué me importa?»: Sara Teasdale; poema y análisis.




¿Qué me importa? (What Do I Care?) es un poema de amor de la escritora norteamericana Sara Teasdale (1884-1933), publicado en la antología de 1917: Canciones de amor (Love Songs).

¿Qué me importa?, uno de los más importantes poemas de Sara Teasdale, examina los sentimientos de una mujer respecto de la honestidad de sus creaciones literarias.

De este modo, Sara Teasdale llega a una conclusión asombrosa, y que muchos poetas, por vanidad, condenan como superflua: la mente no influye demasiado en el proceso creativo; por el contrario, debe silenciarse para que el corazón, libre de condicionamientos y excusas, pueda por fin expresarse.




¿Qué me importa?
What Do I Care?, Sara Teasdale (1884-1933)

¿Qué me importa, en sueños o en la languidez de la primavera,
que mis canciones no reflejen mi yo entero?
Si apenas son una fragancia, y yo un pedernal y un fuego,
yo soy una respuesta, y ellas una llamada.

Pero qué me importa, si el amor pronto terminará,
deja que mi corazón hable y mi mente se quede ociosa,
pues ella es lo suficientemente fuerte y orgullosa como para callar,
es mi corazón el que hace mis canciones, no yo.


What do I care, in the dreams and the languor of spring,
That my songs do not show me at all?
For they are a fragrance, and I am a flint and a fire,
I am an answer, they are only a call.

But what do I care, for love will be over so soon,
Let my heart have its say and my mind stand idly by,
For my mind is proud and strong enough to be silent,
It is my heart that makes my songs, not I.


Sara Teasdale
(1884-1933)




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Thomas Campbell: poemas de amor destacados


Thomas Campbell: poemas de amor destacados.




Si hablamos del romanticismo, es importante mencionar a Thomas Campbell (1777-1844) como uno de los más importantes poetas escoceses de aquellos años. De hecho, los poemas de amor de Thomas Campbell, lejos de limitarse a un estilo y un movimiento literario, aspiran a ese lenguaje universal, mezcla de nostalgia y melancolía, que puede leerse y disfrutarse en todas las épocas.

En esta sección de El Espejo Gótico nos dedicaremos a esta maravillosa faceta a través de algunos de los más destacados poemas de amor de Thomas Campbell.




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A Bao A Qu: el espíritu de las escaleras


A Bao A Qu: el espíritu de las escaleras.




Abundan las supersticiones acerca de los peligros de pasar debajo de una escalera: desde perder la potencia viril en momentos donde no puede ser sustituida por la diplomacia, a no conseguir novio. Recordemos que este tipo de historias fueron concebidas en un tiempo en donde los encontronazos alternativos no estaban bien vistos.

A pesar de la robustez de estas leyendas, pocos, sin embargo, conocen la historia de A Bao A Qu, el espíritu de las escaleras.

Advertencia: la historia de esta criatura que mora en los escalones superiores de las escaleras está enchastrada de referencias maliciosas.

El primero, y acaso el único, en ocuparse de A Bao A Qu fue Jorge Luis Borges, en la antología de 1967: El libro de los seres imaginarios. Allí, el autor argentino afirma haberlo encontrado en una oscura nota de Las mil y una noches, más precisamente en la versión de Richard Burton.

No solo nadie ha logrado dar con esa nota, sino que el propio Borges, en la traducción al inglés de El libro de los seres imaginarios, la sustituye por otra, acaso creyendo que el nombre de Richard Burton no sonaba lo suficientemente exótico para los lectores anglosajones.

Lo cierto es que en la edición en inglés de El libro de los seres imaginarios, A Bao A Qu ya no aparece en Las mil y una noches, sino en un vago ensayo titulado: Sobre la brujería malaya (On Malay Witchcraft), publicado en 1937 por un tal C.C. Iturvuru.

Naturalmente, el libro de C.C. Ituvuru no existe, tampoco el autor; aunque es probable que Borges, muy pícaro para esta clase de menciones, se estuviese refiriendo en joda a su amigo C.C. Iturburu.

Ahora bien, si toda la historia que sostiene la existencia de A Bao A Qu, el espíritu de las escaleras, es apócrifa, ¿acaso debemos suponer que la propia criatura también es imaginaria?

No necesariamente.

Algunos concluyen que el A Bao A Qu de Borges está inspirado en un mito del pueblo malayo de Orang Asli, y que el nombre A Bao A Qu es una deformación del término Abang Aku, que significa: «hermano mayor».

Dejamos atrás esta pegajosa introducción y los dejamos con la historia del A Bao A Qu, el espíritu de las escaleras, narrado por Borges en El libro de los seres imaginarios.




A Bao A Qu.
A Bao A Qu; Jorge Luis Borges (1899-1986)

En la escalera de la Torre de la Victoria, habita desde el principio del tiempo el A Bao A Qu, sensible a los valores de las almas humanas.

Vive en estado letárgico, en el primer escalón, y sólo goza de vida consciente cuando alguien sube la escalera. La vibración de la persona que se acerca le infunde vida, y una luz interior se insinúa en él. Al mismo tiempo, su cuerpo y su piel casi translúcida empiezan a moverse. Cuando alguien asciende la escalera, el A Bao A Qu se coloca casi en los talones del visitante y sube prendiéndose del borde de los escalones curvos y gastados por los pies de generaciones de peregrinos.

En cada escalón se intensifica su color. Su forma se perfecciona y la luz que irradia es cada vez más brillante. Testimonio de su sensibilidad es el hecho que él sólo logra su forma perfecta en el último escalón, cuando el que sube es un ser evolucionado espiritualmente. De no ser así, el A Bao A Qu queda como paralizado antes de llegar, su cuerpo incompleto, su color indefinido y la luz vacilante.

El A Bao A Qu sufre cuando no puede formarse totalmente y su queja es un rumor apenas perceptible, semejante al roce de la seda. Pero cuando el hombre o la mujer que lo reviven están llenos de pureza, el A Bao A Qu puede llegar al último escalón, ya completamente formado e irradiando una viva luz azul. Su vuelta a la vida es muy breve, pues al bajar el peregrino, el A Bao A Qu rueda y cae hasta el escalón inicial, donde ya apagado y semejante a una lámina de contornos vagos, espera al próximo visitante.

Sólo es posible verlo bien cuando llega a la mitad de la escalera, donde las prolongaciones de su cuerpo, que a manera de bracitos lo ayudan a subir, se definen con claridad. Hay quien dice que mira con todo el cuerpo y que al tacto recuerda la piel del durazno.

Jorge Luis Borges (1899-1986)




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